Lamentablemente, vivimos en una sociedad decadente que cada vez tiene menos sitios para dramas. Vivimos en un intento de metrópòlis cosmopolita, que no se preocupa por sus cosmopolitas ciudadanos. ¿Qué es lo que falla? ¿Qué es lo que no estamos haciendo bien? Para empezar no preguntarnos esto con más frecuencia, conformarnos con la monotonía a la que nos vemos arrastrados por las masas, resignarnos a vivir la vida que creemos nos ha tocado vivir, en lugar de intentar construir la vida que siempre quisimos tener.
Comida rápida, transportes rápidos, trabajos frenéticos… al final del día lo único que deseamos es desconectar de todo eso que creemos extresante. Conectar la televisión, y ver la primera verborrea repulsiva que nos escupa la pantalla. Sabemos que es malo, pero no hacemos nada, estamos acostumbrados a ello. No cambiamos de canal, al fin y al cabo ¿Qué va acambiar que una sola persona deje de verlo? Resultaría estremecedor saber cuanras personas se preguntan esto el mismo tiempo, día tras día, para después acomodarse en el sofá, y seguir viendo lo mismo.
La vida moderna se ha convertido en un porcentaje de Share. En la empresa eres solo un número, si no funcionas no vales para nada, si las cifras no responden, a la calle. ¿En qué momento dejamos de darnos cuenta de que una persona es mucho más que eso, mucho más que una simple herramienta de trabajo, que cuando deja de producir no resulta rentable?
Cada día escuchamos, leemos, y vemos más miserias en a radio, los periódicos y la televisión. Parece que lo triste vende, que las cifras funcionan. Se explotan hasta la saciedad dramas como el reciente caso de Marta del Castillo, y no porque ninguna cadena de televisión esté realmente interesada en ello, sino porque simplemente vende. Después, poco a poco, las noticias van desapareciendo, hasta que un día no volvemos a saber nada más del caso. Y esto no sucede porque no se encuentren pistas, ni porque no haya noticias relevantes.
Durante un par de semanas nos atiborran con la misma noticia, haya o no novedades. Más tarde, lentamente, dejan de hablar de ello. Simplemente, el porcentaje de Share no es bueno. Las cifras no convencen.
Los medios no se dan cuenta realmente de la culpa que tienen de la insensibilización de esta sociedad en que nos ha tocado vivir. Se ha confundido el cese de la censura con la permisibilidad de lo morboso y lo macabro. Se han manipulado las palabras democracia y derecho de expresión, en favor de cuatro grandes empresas que lo único que hacen es sacar tajada. Cuantas más duras sean las imágenes, mejor, cuanto más crudo sea lo que se muestra ante la cámara, mejor.
Las noticias que vemos todos los días mientras comemos, nos demuestran que algo no está funcionando bien. Los noticiarios se dedican a explotar la última tragedia que haya sucedido, a contar un par de curiosidades graciosas, y a promocionar la última película en la que la cadena ha invertido una millonada, para rápidamente pasar al tiempo de deportes, que en muchos casos casi supera al de las noticias en si.
Es triste comprobar, día a día, que nuestra vida se ha convertido en un porcentaje de Share, y que la culpa no solo la tienen los medios, sino también nosotros por no apagar la televisión, por no revelarnos contra este circo mediático, que como una pitonisa barata, se enriquece de las penurias ajenas.
Es triste pensar, que después de leer este artículo, ninguno de nosotros dejara de comprar el periódico, o de escuchar las noticias. Estoy seguro de ello, al fin y al cabo, las cifras lo demuestran.